Cuando pensamos en la terapia, imaginamos un espacio donde se habla de todo con libertad. Y, en gran medida, así es. Sin embargo, incluso en un entorno seguro y confidencial, hay aspectos que muchas personas tardan en expresar o, simplemente, no llegan a verbalizar nunca. No porque no sean importantes, sino porque tocan zonas vulnerables: miedo, vergüenza, culpa o inseguridad.
Una de las cosas que menos se dice en terapia es el temor a no estar “tan mal” como para necesitar ayuda. Algunas personas minimizan su malestar, lo comparan con el de otros o sienten que acudir a consulta es una forma de exagerar. Detrás de esta idea suele haber una autoexigencia elevada y la creencia de que deberían poder resolverlo solos. Sin embargo, el sufrimiento no se mide en escalas comparativas; lo que importa es cómo afecta a la propia vida.
Tampoco es fácil reconocer pensamientos que generan vergüenza: celos intensos, resentimientos hacia alguien cercano, deseos contradictorios o incluso dudas sobre la propia relación de pareja. A menudo se teme el juicio, incluso cuando racionalmente se sabe que el espacio terapéutico está libre de él. Mostrar estas partes internas implica aceptar que no siempre somos coherentes, generosos o seguros, y eso puede resultar incómodo.
Otra cuestión que rara vez se expresa al inicio es el miedo al cambio. Muchas personas acuden a terapia deseando que desaparezca el malestar, pero al mismo tiempo temen lo que implicaría transformarlo. Cambiar puede suponer poner límites, tomar decisiones difíciles o redefinir vínculos importantes. A veces, el síntoma cumple una función en el equilibrio personal o familiar, y soltarlo genera incertidumbre.
También sucede que no siempre se dice lo que se siente respecto al propio proceso terapéutico. Puede haber momentos de duda, enfado, sensación de estancamiento o temor a decepcionar al profesional. Hablar de ello forma parte del trabajo y, cuando se logra, suele enriquecer el proceso y fortalecer la alianza terapéutica.
La terapia no es un espacio donde debamos mostrar nuestra mejor versión, sino un lugar donde podemos permitirnos ser auténticos, incluso en nuestras contradicciones. Lo que no solemos decir suele ser, precisamente, aquello que necesita mayor comprensión. Cuando esas palabras encuentran un lugar seguro donde expresarse, comienza un trabajo más profundo y transformador.
Reconocer lo que cuesta decir es un acto de valentía. La confidencialidad, el respeto y la escucha activa permiten que, poco a poco, aquello que parecía imposible de verbalizar encuentre su voz. Y es en ese proceso donde muchas veces se produce el verdadero cambio.
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