Cuando el problema no es la pareja, sino la forma de vincularnos
11 de Febrero de 2026

En muchas ocasiones, tras una ruptura o en medio de un conflicto de pareja, surge la sensación de que “he vuelto a elegir mal” o “siempre me pasa lo mismo”. Cambian los nombres, las circunstancias e incluso los contextos, pero el malestar se repite. Esto puede llevar a pensar que el problema está únicamente en la otra persona. Sin embargo, a veces la clave no reside tanto en quién elegimos, sino en cómo nos vinculamos.

Nuestra forma de relacionarnos afectivamente se construye desde las primeras experiencias de apego. En la infancia aprendemos, a través del vínculo con las figuras de referencia, qué esperar del otro, cómo expresar necesidades y cómo gestionar la cercanía o la distancia emocional. Estos aprendizajes configuran patrones internos que influyen, de manera muchas veces inconsciente, en nuestras relaciones adultas.

Algunas personas desarrollan una tendencia a buscar una fusión intensa y constante, temiendo el abandono o la distancia. Otras, por el contrario, pueden sentirse incómodas ante la excesiva cercanía y tienden a proteger su autonomía manteniendo cierto distanciamiento emocional. También hay quienes oscilan entre ambos extremos, deseando intimidad pero temiéndola al mismo tiempo. Estos estilos no son etiquetas rígidas, sino tendencias que se activan especialmente cuando la relación se vuelve significativa.

Cuando no somos conscientes de nuestro patrón de apego, es frecuente que entremos en dinámicas repetitivas. Por ejemplo, alguien con miedo al abandono puede elegir parejas emocionalmente poco disponibles, reforzando así su inseguridad. A su vez, una persona que teme la dependencia puede sentirse atraída por quien demanda mucha cercanía, generándose un ciclo de persecución y retirada. Estas combinaciones no suelen ser casuales; responden a guiones relacionales aprendidos que buscan, paradójicamente, confirmar lo conocido, incluso si resulta doloroso.

Con el tiempo, la repetición de experiencias similares puede erosionar la autoestima y generar frustración. La persona puede concluir que no es capaz de mantener una relación sana, sin advertir que está actuando desde patrones automáticos. Comprender la propia forma de vincularse permite desplazar el foco del reproche hacia la responsabilidad consciente: no para culparse, sino para abrir la posibilidad de cambio.

El trabajo terapéutico ofrece un espacio seguro para explorar estos patrones, identificar cómo se activan en la relación actual y desarrollar nuevas formas de comunicación y regulación emocional. A través de este proceso, es posible aprender a expresar necesidades sin temor, establecer límites saludables y construir vínculos más equilibrados.

Reconocer que el problema no siempre es la pareja, sino la forma en que nos relacionamos, no minimiza el papel del otro, pero sí devuelve a la persona su capacidad de elección. Cuando comprendemos nuestro estilo de apego y las repeticiones que arrastramos, dejamos de actuar únicamente desde la herencia emocional y empezamos a vincularnos desde una mayor conciencia y libertad.


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