La autoestima constituye uno de los pilares fundamentales del bienestar emocional, ya que influye en la forma en que nos percibimos, en cómo interpretamos lo que nos sucede y en la manera en que nos relacionamos con los demás. No se trata simplemente de sentirse seguro o pensar en positivo, sino de la valoración profunda que cada persona hace de su propio valor, de sus capacidades y de su derecho a ser y a expresarse. Una autoestima saludable no implica ausencia de dudas o inseguridades, sino la capacidad de mantener una relación interna basada en el respeto, la aceptación y la comprensión hacia uno mismo, incluso en momentos de dificultad.
A lo largo de la vida, la autoestima se va configurando a partir de las experiencias tempranas, los vínculos afectivos y los mensajes recibidos en el entorno familiar, social y educativo. Las comparaciones, las expectativas externas y las vivencias de éxito o fracaso influyen en la imagen interna que construimos sobre nosotros. Sin embargo, la autoestima no es un rasgo fijo ni inmutable; puede fortalecerse, transformarse y desarrollarse en cualquier etapa vital. Las crisis personales, los cambios importantes o las dificultades relacionales pueden ponerla a prueba, pero también ofrecen oportunidades para revisarla y reconstruirla de forma más consciente.
Cuando la autoestima se encuentra debilitada, pueden aparecer señales como una autoexigencia excesiva, una dificultad persistente para reconocer los propios logros, miedo intenso al error o al juicio externo, necesidad constante de aprobación o problemas para establecer límites. En muchas ocasiones, la persona mantiene un diálogo interno crítico y descalificador que refuerza la sensación de no ser suficiente. Esta forma de relacionarse consigo misma suele tener un impacto directo en las relaciones de pareja y familiares, pudiendo generar dinámicas de dependencia emocional, inseguridad, conflictos frecuentes o dificultades en la comunicación.
Trabajar la autoestima en un proceso terapéutico permite explorar la historia personal, identificar creencias limitantes y comprender el origen de determinadas inseguridades. Desde un enfoque integrador, se abordan tanto los aspectos emocionales como los cognitivos y relacionales, favoreciendo una mayor conciencia del diálogo interno y desarrollando recursos para una regulación emocional más saludable. La terapia ofrece un espacio confidencial y seguro en el que la persona puede expresarse sin juicio, resignificar experiencias pasadas y construir una percepción de sí misma más equilibrada y compasiva.
Desarrollar una autoestima sana no significa eliminar toda vulnerabilidad, sino aprender a reconocerse con fortalezas y áreas de mejora, tolerar el error como parte del aprendizaje y establecer límites que protejan el propio bienestar. Implica también cultivar la autocompasión, flexibilizar la autoexigencia y permitirse ocupar un lugar legítimo en las relaciones y en la vida. Fortalecer la autoestima es, en definitiva, un proceso de crecimiento personal que favorece una mayor autenticidad, seguridad interna y calidad en los vínculos, contribuyendo de manera significativa al bienestar psicológico y emocional.
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