Aprender a habitarse con respeto
11 de Febrero de 2026

La autoestima constituye uno de los pilares fundamentales del bienestar emocional, ya que influye en la forma en que nos percibimos, en cómo interpretamos lo que nos sucede y en la manera en que nos relacionamos con los demás. No se trata simplemente de sentirse seguro o pensar en positivo, sino de la valoración profunda que cada persona hace de su propio valor, de sus capacidades y de su derecho a ser y a expresarse. Una autoestima saludable no implica ausencia de dudas o inseguridades, sino la capacidad de mantener una relación interna basada en el respeto, la aceptación y la comprensión hacia uno mismo, incluso en momentos de dificultad.


A lo largo de la vida, la autoestima se va configurando a partir de las experiencias tempranas, los vínculos afectivos y los mensajes recibidos en el entorno familiar, social y educativo. Las comparaciones, las expectativas externas y las vivencias de éxito o fracaso influyen en la imagen interna que construimos sobre nosotros. Sin embargo, la autoestima no es un rasgo fijo ni inmutable; puede fortalecerse, transformarse y desarrollarse en cualquier etapa vital. Las crisis personales, los cambios importantes o las dificultades relacionales pueden ponerla a prueba, pero también ofrecen oportunidades para revisarla y reconstruirla de forma más consciente.


Cuando la autoestima se encuentra debilitada, pueden aparecer señales como una autoexigencia excesiva, una dificultad persistente para reconocer los propios logros, miedo intenso al error o al juicio externo, necesidad constante de aprobación o problemas para establecer límites. En muchas ocasiones, la persona mantiene un diálogo interno crítico y descalificador que refuerza la sensación de no ser suficiente. Esta forma de relacionarse consigo misma suele tener un impacto directo en las relaciones de pareja y familiares, pudiendo generar dinámicas de dependencia emocional, inseguridad, conflictos frecuentes o dificultades en la comunicación.


Trabajar la autoestima en un proceso terapéutico permite explorar la historia personal, identificar creencias limitantes y comprender el origen de determinadas inseguridades. Desde un enfoque integrador, se abordan tanto los aspectos emocionales como los cognitivos y relacionales, favoreciendo una mayor conciencia del diálogo interno y desarrollando recursos para una regulación emocional más saludable. La terapia ofrece un espacio confidencial y seguro en el que la persona puede expresarse sin juicio, resignificar experiencias pasadas y construir una percepción de sí misma más equilibrada y compasiva.


Desarrollar una autoestima sana no significa eliminar toda vulnerabilidad, sino aprender a reconocerse con fortalezas y áreas de mejora, tolerar el error como parte del aprendizaje y establecer límites que protejan el propio bienestar. Implica también cultivar la autocompasión, flexibilizar la autoexigencia y permitirse ocupar un lugar legítimo en las relaciones y en la vida. Fortalecer la autoestima es, en definitiva, un proceso de crecimiento personal que favorece una mayor autenticidad, seguridad interna y calidad en los vínculos, contribuyendo de manera significativa al bienestar psicológico y emocional.


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